miércoles, septiembre 10, 2008

Swiss Centre??? Gaaaaawnnnn!!!!!!

It's old news. Or at least that is what it seems. The demise of one of London's most symbolic landmarks, the Swiss Centre, has barely been reported in the British press. So to my surprise, I find myself blogging on the disappearance (discovered only today, and by accident) of one of the key features of my childhood together with the strange sensation that nobody else seems to care.

Above, you can see how it was, in all its glory with its clock, its glockenspiel, and the regular crowd of tourists.

And this is what it looks like now:

Apparently, the site will henceforth be occupied by a rather drab and tasteless hotel building, completely out of place on London's Leicester Square:

The lighting effect on the virtual image does not convince me in the slightest. Maybe for the headquarters of Acme Public Assurance, but not for the Swiss Centre. More Dresden than Geneva, this glass 'office block' could be anywhere, but above all makes for a rather dark, cramp, uncomfortable and hostile environment at the heart of London's theatre district.

Yes, something needed to be done about the Swiss Centre. It no longer fulfilled its original purpose and was falling into decay. However originally the public were duped into this dreadful alternative by being told that the new building would at least maintain the spirit of the original. Nothing of the sort.

How is it possible that a city that fiercely defends 'listed' monuments and buildings such as the concrete Royal Festival Hall and National Theatre, allows this jewel of post-war London to disappear without a sigh? People then go and complain that the British have never felt less sure about their identity. Well, if you transform the London West End into a replica of a Milton Keynes shopping mall, can one really be surprised? Shocking!

viernes, septiembre 05, 2008

¿Los cerdos vuelan?


No pocas veces, leer a los míos-, es decir, a los ingleses-, en la prensa, me produce estupor. Tanto se empeñan en tachar a la gente foránea de 'racista' (excusando la ironía, por supuesto), que resulta cuando menos hipócrita que escriban artículos como el que se ha publicado hoy en el Financial Times (gracias, Manjeet por enviármelo), en el que se refiere a los países mediterráneos (Portugal, Italia, Grecia y [E]Spaña) como los PIGS, y a los países emergentes (Brasil, Rusia, India y China) como los BRICS.

Cuando las cosas van mal para España, no les sorprende. Al final, son (¿somos?) unos cerdos. Y cuando las cosas van bien, les sorprende tanto, que 10 o 15 años después del primer artículo (empezaría por '92 en Barcelona y Sevilla), cada año y con puntualidad suiza, los medios británicos vuelven a 'informar' a sus lectores de que están cambiando los hábitos de los españoles, y que ya no echan la siesta como antes. Me da ganas de escribir un artículo semestral sobre cómo los ingleses ya no toman el té a las cinco (a veces esperan hasta las seis), o sobre la caída en picado del guisante aplastado (mushy pea) en la gastronomía inglesa. ¿Nunca se cansan de los tópicos?

Cada vez que España hace algo bien, el típico titular de The Economist es "Spanish Lessons" (clases de español), y cuando hace algo mal, utilizan el mismo titular para sugerir que los demás podrían también aprender de sus errores. Y cuando las cosas van realmente mal, recurren a la cursillada de "The Pain is Spain" en referencia a la célebre frase del musical "My Fair Lady" ("The rain in Spain stays mainly on the plain").

Pues, simplemente, me alegro de que el diario Cinco Días no ha tardado en replicar al artículo del FT mediante una tribuna del economista de la Universidad de Georgetown, José María Nogueira, quien defiende el éxito de España en los últimos años y quita hierro a las críticas de los ingleses.

Ya no recuerdo cual fue el periodista británico que hace 9 años sugerió en un libro la creación de una comunidad, como sustituto a la Unión Europea, en la que sólo se admitiría a países de habla inglesa (EE.UU., Canadá, Australia, Sudáfrica...). La justificación era que los países anglosajones habían alcanzado un nivel de desarrollo bastante superior al alcanzado por los demás países cuyos idiomas 'ni siquiera se entienden'. A pesar de las similitudes entre dicho libro y Mein Kampf, las críticas en la prensa inglesa fueron bastante moderadas. En ese momento me encontraba en Argentina, y al comentar el tema a un compañero estudiante norteamericano, éste no sólo se indignó. Se quedó estupefacto. No entendía cómo los británicos podían llegar a ser tan insulares. Los norteamericanos, acostumbrados a vivir en un país en el que se habla cada vez más español-, por dar sólo un ejemplo-, no eran capaces de entender la supuesta lógica de mantener una relación más fuerte con un país, por el mero hecho de compartir un idioma. Y con razón, conocen el poder que tienen, y al Presidente de la mayor superpotencia del mundo, le da igual llevarse bien con un Blair, un Brown, un Merkel, un Sarkozy...

¿Será que precisamente esa predisposición de Estados Unidos a debilitar su histórica 'relación especial' con Gran Bretaña para favorecer a otros países, haya provocado pánico en algunos informadores ingleses, todavía acojonados por el fin del imperio británico, (que conste que es una minoría de la 'gente pensante' pero que tiene bastante poder mediático - la prensa británica está en gran parte controlada por australianos), de manera que ahora sólo les queda buscar argumentos cada vez más espurios para defender su favorecida posición geopolítica respecto a su tamaño y población?

Me cuesta creerlo pero me estoy volviendo proamericano.

¿Quién necesita a los inmigrantes?

Hace dos semanas estuve de vacaciones en Roma. Nunca había estado y no sabía lo que iba a encontrar, tanto había escuchado en los últimos meses por parte de Berlusconi y sus ultras de que el país estaba inundado por una marea de inmigrantes, y de gitanos que comían sus bebes. Entonces, cual fue mi sorpresa cuando descubrí que escasamente había trabajadores extranjeros, por lo menos en comparación con ciudades españolas como Madrid o Barcelona. Las tiendas, los bares, los restaurantes, el transporte público eran casi siempre regentado por italianos. ¡Qué curioso! Por mucho que la mayoría de los trabajos sean para los italianos, el país lleva años con la economía estancada, los servicios públicos son un caos, las ciudades están sucias, el transporte es un desastre. ¿De verdad es posible que un país no funcione sin que la culpa sea de los extranjeros?

España en cambio hasta hace muy poco llevaba años creciendo, en gran parte gracias a la llegado de inmigrantes que encontraron trabajo en la construcción y los servicios, pagaban impuestos dando solución al envejecimiento de la población autóctona, y ayudaban a dinamizar la economía y crear una sociedad más abierta, más tolerante, y más diversa en todos los sentidos. Ahora la economía se estanca y la reacción de las autoridades es pagar a esa gente que tanto ha contribuido a los años gordos para que vuelva a su país de orígen.

Pero, ¿cuánto se puede equivocar? No nos engañemos. España no volverá a enriquecerse con la construcción. Demasiado grande ha sido el debacle como para que luego se permita otra burbuja inmobiliaria como la de los últimos años. Ahora las prioridades serán otras. España, como país europeo que es, no puede seguir siendo una economía 'low cost'. Como siga así, ¿quien pagará para cenar en sus restaurantes cada vez más caros y ferranizados? Tiene que promover la economía del conocimiento, la creación de empresas de alta especialización, posicionarse en la misma línea de países como Alemania, Holanda o el Reino Unido. Pero seamos realistas, esto no se va a conseguir de la noche a la mañana mediante la intervención directa del estado en la economía. En cambio, sí se puede lograr si se abre al país a gente de la más alta calificación, gente con vocación empresarial, atraída por la calidad de vida, el clima, la belleza del país, y el único factor que falta que sería una economía dinámica y las condiciones adecuadas para desarrollar su negocio en España.

Todavía son pocos los que dan el paso. Los salarios son bajos, las universidades son mediocres, el exceso de regulación les estorba. Ni siquiera se respetan sus calificaciones si las empresas de ingeniería son tan caraduras que consideran un título de la Complutense de mayor prestigio de uno del Massachussets Institute of Technology or Imperial College de Londres. Es demasiado difícil conseguir un permiso de trabajo si no eres europeo. Pero al bloquear la entrada a estos profesionales por envidia o por nacionalismo se impide la dinamización del empleo, el intercambio de conocimiento, el aumento de la competitividad de las empresas locales y la resultante modernización del país. ¿Por qué la gente más calificada termina en Canadá, en Estados Unidos o en Australia? Porque allí pueden realizar todo su potencial. En España, como en Francia, como en Italia no lo pueden. Y para España ha llegado la oportunidad de ser el primero de esos tres países en ayudarles a conseguirlo porque nunca llegará a ser la California de Europa si no impulsa la entrada a los indios, asiáticos y otros extranjeros altamente calificados con los conocimientos necesarios para crear empresas y generar empleo de calidad.