lunes, julio 07, 2014

La victoria electoral no pasa por Sol

El camino para ganar unas elecciones en España no pasa por la Puerta del Sol, pero parece que, todavía, poca gente de la izquierda lo entiende. Lo que hay que hacer es invertir en educación y en formación, facilitar la creación de empresas y el acceso al crédito, y promover la internacionalización de las empresas.

Siempre he estado convencido de que la debilidad de la derecha es que por mucho que hable de la competencia y el libre mercado, siempre ha actuado en pro de los intereses de determinadas empresas, ha colocado a políticos en empresas públicas y privadas y ha pasado por el forro los derechos del consumidor y la libertad del trabajador. La izquierda puede y debe prometer mayor competencia, mayor transparencia, y mayor igualdad de oportunidades, y crear una meritocracia de verdad en el sector público y privado. Dar la vuelta al arcaico sistema de oposiciones sería un primer paso. Pero prefieren la política del avestruz y enquistarse en debates estériles sobre la monarquía o el federalismo. Así se alejarán cada día más de las preocupaciones del ciudadano común y, en definitiva, del poder.

Y hablo de izquierda y derecha porque así se definen ellos. Los votantes, en su mayoría, no son ni una ni la otra. Quieren soluciones, trabajo, una casa y un entorno en el que sea posible planificar su futuro con mayor seguridad.

Los que fijen como prioridad arañar votos a Pablo Iglesias, pronto se darán cuenta de que con el 5 % de pirados que le votaron, no irán a ninguna parte. Los demás estamos para otras batallas.

viernes, junio 20, 2014

¡Qué paradoja la monarquía española!

Los medios internacionales -y también algunos españoles- se muestran confusos respecto a la Proclamación de Felipe VI.

Parece que se sorprendieron con la austeridad de la ocasión y con el hecho de que, "ni siquiera hubiera una coronación." Hace falta aclarar que la monarquía española tiene suficiente historia como para no tener que hacer una copia hortera de las tradiciones británicas a la hora de realizar el juramento del nuevo Jefe de Estado. La corona española no se lleva en la cabeza. Parece que nunca ha sido así, y que siempre se han realizado proclamaciones con la corona como símbolo y no como objeto de vestuario.

Sin embargo, tratándose de la primera proclamación en democracia, es cierto que cabía un cierto grado de improvisación y que hubieran podido organizar un día más solemne, algo que no se ha hecho en gran parte por el carácter acomplejado de la monarquía parlamentaria española. Sin embargo, ¿por qué tantos complejos?

No quiero inmiscuirme en detalles históricos en este post sino simplemente expresar mi curiosidad por la peculiaridad de la institución monárquica española. Me ha llamado la atención, en particular, el simbolismo del uniforme del monarca que con sus cruces y condecoraciones no esconde la identidad profundamente católica del jefe de un estado laico. Desde luego, en el Reino Unido, la monarca no tiene por qué sentirse avergonzada por su religión al ser, además de jefa de estado, jefa de la iglesia anglicana, religión 'establecida' en Gran Bretaña, y por tanto, completamente legitimada. Además, su papel en dicha iglesia permite que realmente, más allá de reinar, tenga una influencia más directa en la espiritualidad de una mayoría de británicos, que por poco que la 'practiquen' se sienten de alguna forma identificados con la religión 'oficial' del país.

En España, en cambio, por mucho que los ciudadanos se tomen un descanso en festivos religiosos -curioso que se eligiera al Corpus Christi como día para la Proclamación del nuevo rey-, participen en hermandades y cofradías y se emocionen con desfiles de capuchinos en Semana Santa, su relación con la Iglesia es mucho más ambigua, y desde luego, no se puede mostrar sin complejos en un día tan señalado como el de ayer. Y es que la monarquía en nuestro país se ha impuesto como 'árbitro' de un modelo de estado básicamente republicano como si se tratara no como una parte institucionalizada del país sino como una especie de 'observador externo', como única manera de garantizar la estabilidad de un estado que no se puede poner de acuerdo sobre su nombre, su composición geográfica o siquiera las letras de su Himno Nacional.

España no es un país monárquico sino, quizás, en diferentes momentos republicano, juancarlista o felipista, según la oportunidad del momento. Es una república con un jefe de estado que se elige por razones no democráticas sino dinásticas, pero con una familia real que ha ganado su riqueza en pocos años y que tiene que medir mucho sus palabras como si se tratara no de parte del tejido social del país, sino de una fuerza invasora, que ni siquiera comparte su religión con el Estado.

En este contexto, es imposible esperar -como reclamaban muchos corresponsales extranjeros- un gran festejo nacional para marcar la llegada del reinado de Felipe VI. Por mucho que tal iniciativa ayudase a 'vender' la marca España, iría totalmente en contra de la compleja identidad de un país que todavía está en construcción y que tiene una relación cuando menos ambivalente con sus líderes. Fueron muchos que salieron a la calle con sus colores y sus banderas y la Plaza de Oriente estaba atiborrada de gente. Sin embargo, estoy seguro de que muchos fueron a observar un 'espectáculo' sin entender o sentirse igual de identificados con el fondo de la cuestión como lo haría un sueco o un británico.

miércoles, junio 04, 2014

Un país feudal en todo menos en nombre

Tras el anuncio de la abdicación del Rey Juan Carlos, me surge la duda de quién es realmente nuestro Jefe de Estado. Me refiero, ante todo, a su categoría social y su posición en la sociedad española.

La pregunta es importante porque la respuesta podría ayudar a explicar por qué ha tenido que abdicar y sobre todo, por qué justificó su abdicación como el 'sine qua non' del cambio generacional en España.

La Reina de Gran Bretaña, que ha tenido sus crisis pero actualmente disfruta de un gran prestigio social, desde luego, se ha logrado situar por encima no sólo de las batallas políticas sino también de los cambios que han tenido lugar en la sociedad a lo largo de su reinado. Se debe a que la institución monárquica británica cuenta con una fuerte separación del resto de los poderes de la sociedad. El país se transforma, los gobiernos van y vienen y la Reina tiene la obligación de asumir, y hasta interiorizar esos cambios. Observar la monarquía británica desde fuera es algo parecido a seguir las telenovelas, Eastenders o Coronation Street. Los personajes, los valores y los paisajes cambian año tras año, pero la marca y la identidad básica sigue siendo la misma. Según la particular versión del 'storytelling' a la que recurren los responsables de comunicación de la casa real británica, en el siglo XXI Isabel II es fan del iPod, el iPad y el iPhone y entiende perfectamente las preocupaciones de las nuevas generaciones del Reino Unido, entre ellas la gran cantidad de inmigrantes que componen un país tan diverso y multicultural. (No tanto su marido, famoso por sus meteduras de pata pero la Reina siempre ha sabido mantener el tipo).

En cambio, en España la figura del Rey no ha logrado la misma separación, hasta tal punto que su llegada al trono de alguna forma personificó la llegada al poder de la generación que acabaría liderando la transición española. La suerte de los fundadores de periódicos como El País, los que hoy siguen siendo los grandes empresarios españoles, y en definitiva, el conjunto del 'establishment' político y económico de nuestro país ha estado siempre estrechamente ligada a la del monarca. La vida del rey  antes de alcanzar la jefatura de Estado se asemejaba, además, mucho más a la vida de estos otros personajes que a la de un aristócrata tradicional. Por ello, su capacidad de identificarse y hacer gala de esa tan famosa 'campachanería' ante sus 'barones plebeyas'. Y no es por nada que la caída de la reputación de la familia real esté ligada a la del resto de las instituciones de nuestro país. Todas están compuestas del mismo tejido.

Mientras tanto, hoy por hoy el 50% de los jóvenes están en paro y llevan años criticando las dificultades de arrebatar una parte del poder a la generación de la transición. Pues, parece que todos los estamentos están controlados por personas cercanas al Rey, tanto físicamente como desde la perspectiva de sus valores. En este contexto, la afirmación de Juan Carlos de que su abdicación fue motivada por la necesidad de abrir paso a una nueva generación sólo parece avalar la tesis de que para que caigan el resto de los dominós y pueda empezar un traspaso de poder a las nuevas generaciones, el primero que tiene que marcharse y dar ejemplo es él.

Eso en el Reino Unido sería imposible. Que la Reina siga viviendo hasta los 100 años, salvo para su hijo, da un poco igual. La sociedad seguirá cambiando, Isabel II aparentará ser siempre moderna a pesar de su edad, y se reunirá con los 'celebrities' de todas las generaciones, sin sentirse ligada más a unos que a otros. Mientras tanto, en España, Felipe VI encarnará la llegada al poder de una generación que hoy tiene entre 40 y 50 años y que seguirá envejeciendo junto a él, al igual que el resto de las instituciones del país. Mientras tanto, los que hoy tienen entre 20 y 40 años gritarán en las calles para que ellos finalmente tengan el trato que merecen. Tristemente para ellos, la Infanta Leonor sólo tiene 8 años por lo que, de momento, tendrán que esperar.

Parece que a pesar de ser una monarquía constitucional, la estructura de la sociedad española sigue siendo básicamente feudal, los barones siguen chupando de la misma teta, y hasta que se acabe la leche no habrá posibilidad de pasar página y afrontar los nuevos retos de un mundo que avanza a un ritmo  vertiginoso. El Rey lo ha entendido y ha actuado, pero no debería ser así.