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La Generación X - y la "X", ¿qué significaba?

Cuando de pequeño descubrí que los profesionales de marketing habían encasillado a mi y a los que nacieron en la misma época en un grupo denominado la Generación X, me preguntaba qué era el significado de esa letra. Por muy pequeño que fuese, sospeché que el significante tendría algún significado, más allá del sonido de ese consonante malsonante.

Sin embargo, he tenido que esperar más de cuatro décadas para confirmar que aquella X, en efecto, representaba el vacío. O lo que es peor, el engaño. Y es probable que en los próximos años veamos con horror hasta qué punto nos vendaron los ojos a los de mi generación y con consecuencias trágicas para el futuro de la humanidad.

Sí. Nos mintieron. Cada 11 de noviembre, a las 11:00 h nos llevaban a los de mi clase a un memorial levantado al final del campo de fútbol de mi colegio, al borde del río, en homenaje a todos los antiguos alumnos fallecidos en la "Gran Guerra". Aquella guerra, que mi profesor -un ex mayor retirado del ejército- no nos quiso enseñar en detalle, prefiriendo él relatar el segundo, al haber sido el primero demasiado sangriento para nuestras frágiles mentes de ocho años.

Y es que los que nos educaron conocían la fragilidad del mundo. Habían visto de cerca la barbarie. Entendían que nada era permanente. Que ningún derecho tenía garantía de por vida. Y que ninguna parte del planeta era libre de culpa, o de sangre.

Sin embargo, cual Roberto Benigni en La Vita è Bella, por supuesto con las mejores intenciones, y ante la expectativa de un largo periodo de paz en Europa, querían convencernos de que ellos habían sufrido para que nosotros pudiéramos vivir en tranquilidad. Unos anos después, Francis Fukuyama proclamaría "el fin de la historia", merced del convencimiento de que la Pax Americana era definitiva, "In saecula saeculorum, amén."

Pues, hoy se empieza a atisbar que esa realidad que nos pintaban era poco más que "fake news" previa a la era de Internet, y que no solo está en tela de juicio la continuidad de la hegemonía norteamericana, sino la propia unidad de Europa.  Y con creciente frecuencia leemos como, consecuencia de los juegos de poder de personas y estados que la mayoría de los mortales carecen del conocimiento para comprender, ¡hasta Cataluña podría convertirse en la próxima Siria!

Sin embargo, vacunados por nuestros superiores gracias a esos vuelos de palomas, homenajes al borde del río o recitales de la "Oda a la Alegría", la mayoría seguimos confiados de que sobre Europa no caerán bombas, que en nuestro continente las sequías no producirán hambruna, y que nuestras deudas económicas acabarán siendo perdonadas.

Nada más lejos de la realidad. Está claro que si se rompe del todo la solidaridad europea ya quebrantada, ningún país vendrá al rescate de una España sin agua,  cada uno llegará a sus propias conclusiones sobre el destino de Cataluña, el País Vasco o las Islas Baleares, y el mundo rápidamente se dividirá en bloques que dejarán a nuestros países, una vez más, enfrentados.

No lo queremos ver. Seguimos abriendo el grifo y dejando el agua correr como si no hubiera mañana, despilfarrando recursos, o viajando por el mundo como si hacer las Américas fuera poco más que un capricho para completar a lo largo de un puente transformado en acueducto, sin reflexionar sobre el impacto en el medio ambiente o en nuestra riqueza.

Sin dejar de asumir nuestra parte de la culpa, no nos olvidemos de que nuestra necedad se debe en gran medida a nuestra pertenencia a una Generación a la que los que nos precedieron no se atrevían a darle nombre. ¡Ojalá nos pillen confesados!

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