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Mi ficción se parece a la tuya más de lo que te puedes imaginar

Desde hace años soy consciente de cómo los medios de comunicación de cada país retratan su propia sociedad como algo ajeno al resto del mundo. Todo lo que se anuncia, incluso si afecta a la humanidad en su conjunto, se transmuta a través de las pantallas en un tema local.

Bueno, no todo precisamente. Lo malo sí sigue siendo siempre ajeno y lo bueno se asume como propio. Sea una directiva europea, una subvención o una orden de la OMS, si es popular el Gobierno se echa flores y si genera protestas es culpa de Bruselas o de quien toca. Los de fuera, en fin.

En este contexto tienen lugar el Brexit, los disparates de Trump o el odio de Salvini. Y en este contexto convivimos en realidades paralelas, cegados por las cortinas de humo que nos crean nuestros respectivos gobiernos, e igual de incapaces de entender qué pasa allende nuestras propias fronteras.

Si esa es nuestra visión, es comprensible que las sociedades ya no sean capaces de comprender sus relaciones con el exterior porque francamente, el exterior ya no existe. Si hasta Netflix, por muy global que sea, adapta la ficción a cada audiencia. Y los expertos en coaching nos enseñan que la verdad está dentro de uno mismo.

Hoy me metí en la portada de la web del diario argentino, La  Nación. No tuve que ir más allá de los primeros titulares para entender -idiosincrática crisis económica aparte- que también allí, como en el Reino Unido con su negociación con si mismo sobre el futuro de sus relaciones comerciales o en España con el debate sobre las comillas de las tesis de los políticos, en el país austral también viven su propia ficción que solo ellos entienden pero que en realidad no es tan diferente de la nuestra o la de los que tenemos a nuestro lado.

Quizás no debamos sorprendernos. Si entre las diferentes ramas del Cristianismo, del Judaísmo o del Islam, siempre se han contado las mismas historias con distintas palabras, en tal grado que la gente ha sido y sigue siendo capaz de matar con el fin de defender su versión. Pues, por la misma regla de tres la labor de los medios en el mundo moderno debe ser tres cuartas partes de lo mismo.

Ojalá pudiéramos todos leer los mismos libros antes de irnos a dormir. Con los mismo títulos. Y que tuvieran su base en la verdad por mucho que el guión suene a fantasía. Sí, es mucho pedir pero lo pido, aunque sea todavía pronto para los Reyes Magos.

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