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La información gratuita tiene que ser de calidad... por salud democrática

Todo empezó con un tuit. Y no uno mío. Lo acababa de enviar un periodista de renombre, haciéndose eco de una noticia publicada en uno de los principales diarios de nuestro país, y versaba sobre el contencioso entre España y el Reino Unido en torno a Gibraltar. Según informaba el periódico, la primera ministra británica acababa de comparecer en el parlamento para defender el acuerdo para una salida ordenada de su país de la Unión Europea. En un contexto de gran debilidad interna, en el que para más inri sus propios diputados la acusaban de capitular ante España al reconocer que el país ibérico tendría la última palabra en cualquier negociación futura que afectara al territorio británico, Theresa May declaró que España no había conseguido lo que quería.
Según la lógica de que el enemigo de tu enemigo es tu amigo, los medios y los partidos de la derecha española no se disponían a aceptar que un presidente de gobierno de centro izquierda hubiera logrado una victoria para la soberanía nacional, un asunto que como entendemos los que hemos observado la política en nuestro país en los últimos años, no es terreno de los socialistas sino ante todo de la Iglesia, de Franco, de Rivera y de José María Aznar. A lo largo de unas 48 horas, medios tan diversos -o no tanto- como El Español, El Mundo o La Razón- habían desfilado con el argumento de que el que había capitulado era Pedro Sánchez y, sin necesidad de mayores explicaciones les valía la declaración de May para confirmar su hipótesis. "Si ella dice que España ha perdido, es que ha perdido."
No sé si me molestó más que se redujera la que ha sido tal vez la negociación más significativa de la historia de la Unión Europea hasta el punto de presentarla como una en la que lo único importante era ganar posiciones en un asunto relativo a la soberanía de una pequeña roca colindante con la provincia de Cádiz, o el simple hecho de que los medios estuvieran tomando el pelo a sus lectores, presentando la información de una forma absolutamente sesgada, y sin ofrecer análisis alguno sobre las razones por las que consideraban que el acuerdo firmado era papel mojado. ¡Hasta el Ministerio de Exteriores alemán ha terminado reconociendo que sí tiene valor jurídico! El caso es que ya no pude callarme y escribí una respuesta con la que, sin querer faltar el respeto, intenté dejar claro que lo que publicaban era una obviedad, que no aportaba nada al debate y sólo pretendían manipular a sus lectores.
El periodista que había retuiteado la noticia es un profesional de gran prestigio, que ha desempeñado responsabilidades de primer nivel en algunos de los medios más importantes del país. Mi crítica no iba contra él sino contra una forma de presentar la información periodística. No tanto una cuestión de contenido como de continente. Pensé que el asunto quedaría allí y ni siquiera esperé una respuesta. Sin embargo, unos minutos después me llegó. Primero, me rebatió, a la gallega, con la pregunta de qué iba a decir Sánchez aparte de declararse ganador del duelo. Un comentario razonable aunque no llegaba al meollo del asunto. Insistí que la cuestión no era eso sino que les faltaba explicar el contexto. No vale leer noticia tras noticia con titulares del tipo, "A dice que B es un C", seguidos por otros que indican, "B responde que no es un C pero que A es un D".  Si no, ¿en donde ha quedado la responsabilidad del periodista de investigar y averiguar si A en realidad es un B o si de hecho es un E. En el mejor de los casos.
De todas formas, ya había cruzado una línea roja. Tal vez molesto con tener que discutir con un desconocido, me hizo una sugerencia disfrazada como zasca pero a su vez algo contradictoria, invitándome a dejar de perder tiempo en Twitter y a leer más diarios.
Sin desear hacer perder el tiempo a nadie -aunque los años ejerciendo en redes sociales te enseñan que si crees que alguien te hace perder el tiempo, lo mejor es no entrar al trapo-, aclaré mi posición, y todo parecía quedar en un simple malentendido. Se había sentido aludido por mi comentario cuando mi intención era todo lo contrario. Sin embargo, la situación me incomodó no por la dirección que había tomado la conversación, sino por la afirmación del periodista, que según mi propia interpretación implicaba que el mejor antídoto a la desinformación es informarse más a través de otro tipo de medios, supongo que de mayor calidad. En cierta medida tenía razón. El hecho de leer periódicos diversos y de variado color nos ayuda a comprender mejor la realidad de la que formamos parte. Sin embargo, no por ello deja de resultar ofensivo que determinados medios traten a sus lectores como imbéciles con titulares que distorsionan la realidad y con intencionalidad política.
Confieso no conocer la respuesta ni la solución. Entiendo que en España, -y más allá-, sigue habiendo una gran disparidad entre la información que ofrecen los medios gratuitos y los de pago. En general estos suelen tratar los contenidos con más esmero y entienden que si no son lo suficientemente objetivos, sus suscriptores dejarán de pagar. En cambio, parece que la actitud de aquellos es la misma que la de Facebook hacia los participantes en su red social: "cuando no pagas por algo, el producto eres tú".
Visto así, el lector de contenidos gratuitos no debe esperar información de calidad. Es más, no está allí para aprender o para informarse, sino simplemente porque ha mordido el anzuelo que le han suministrado para poder regalarlo a sus anunciantes. Un simple consumidor cautivo. Un producto, al fin y al cabo.
De todas formas, esto es un inmenso y peligroso error. De igual modo que los lectores de medios impresos de 20 o 30 años atrás también escuchaban la radio o veían la tele, los que hoy somos suscriptores de pago también somos consumidores del canal online gratuito. No en vano utilizamos las webs gratuitas para mantenernos al día de la actualidad, que es de 24 horas. Por mucho que leemos medios impresos por la mañana también somos preso de los nuevos medios digitales, y nuestras opiniones son moldeadas por grupos que nos lanzan titulares con fines a veces más espurios que el mero deseo de informar. A menudo el texto de las noticias no sólo no corresponde con el titular, sino que el periodista no tiene la menor idea de cómo se va a titular su noticia.
Si algo de razón tengo, la democracia está en juego. La información está omnipresente y para poder controlar a los que ejercen el poder necesitamos que, sea esta gratuita o de pago, ante todo sea de calidad. Es un reto desde un punto de vista profesional y también empresarial porque no sólo del aire viven los periodistas. Pero bien con la ayuda del mecenazgo de las grandes fortunas o por el de las masas a través del 'crowdfunding', necesitamos urgentemente que los medios vuelvan a ganar el prestigio que han perdido, sin tener que utilizar sus plataformas online como medios de manipulación masiva, aunque el objetivo sea puramente comercial.
Si la inmensa mayoría de la gente solo puede acceder a noticias basura, Internet acabará haciendo a la democracia liberal lo mismo que McDonalds a la cintura. Y no nos lo podemos permitir.

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