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Ken Livingstone, ¿el fin de un mito?

Ken, el Rojo, iba al trabajo en metro


Ken, el Rojo, Livingstone era en los años 80 la última esperanza de una izquierda británica derrotada por una Margaret Thatcher que había llegado al poder con su doctrina de capitalismo salvaje, privatizaciones, transformación económica sin diálogo social, y su falso nacionalismo basado en llevar el país a guerras innecesarias con el fin de desviar la atención de los votantes mientras se ocupaba de desmontar la res pública, destruir el sistema educativo, cerrar los hospitales, y acabar con la industria minera de una manera tan rotunda e inmediata que sumaría a la mitad del país en largos años de pobreza y desempleo.

Mientras tanto, al otro lado del río Támesis, frente al palacio de Westminster y el parlamento británico, el jefe del Ayuntamiento del Gran Londres (GLC), Ken Livingstone, colgaba banderas rojas del County Hall (la antigua sede del ayuntamiento, ahora el acuario de Londres), diseñaba pasteles gigantes de papel maché para celebrar el aniversario del ayuntamiento, otorgaba puestos políticos a homosexuales e inmigrantes, y participó en una lucha sin cuartel a favor del desarme nuclear. Poco a poco se construía un mito en torno a sí como el enemigo en solitario del thatcherismo. Servía como recordatorio de que mientras el conjunto del país se giraba más y más a la derecha, Londres se mantenía como el último bastión de la resistencia.

Ken Livingstone y la Doncella de Hielo en The Comic Strip

La sra. Thatcher, con sus ¿impecables? credenciales democráticas, y su autoritarismo de hierro, incapaz de aguantar la impertinencia de un alcalde de otro partido, decidió acabar no sólo con él, sino con todo el Ayuntamiento. Años después, un grupo de cómicos británicos liderados por Robbie Coltraine, Dawn French, Rik Mayall, Adrian Edmondson y Jennifer Saunders, inmortalizaría la figura del Rojo Ken y su batalla contra la ‘Doncella de Hielo’ en la parodia televisiva, The Comic Strip, estableciendo un lugar para el ex alcalde, con su curiosa afición por criar tritones, en el imaginario colectivo de los británicos.

Londres pasaría a ser gobernado exclusivamente por las juntas de distrito descentralizadas, con cada vez menos poder para fijar impuestos, y aún menos capacidad para legislar. Thatcher prosiguió su camino centralizador, ya sin oposición, y fue cerrando todos los servicios municipales que quedaban en la capital británica. Era famosa la pista de patinaje sobre hielo de Richmond, donde de pequeño veía a la pareja mítica, Tourville y Dean, alcanzar el estrellato deportivo. Thatcher la cerró. Iría a nadar con el colegio en el gran complejo deportivo de Richmond, con toboganes de agua incluidos. También lo cerró. Cualquier cosa que sirviera para aportar algo a la calidad de vida de los londinenses, era eliminada por una primera ministra que odiaba todo lo público con una pasión ideológica sólo superable por la actual presidenta de la Comunidad de Madrid. (No sólo dejó caer en abandono el metro de Londres – no viajaba nunca en tren y decía que cualquier persona que seguía utilizando el autobús con más de 26 años podía considerarse un fracasado – también resistió durante años los planes de construir un túnel ferroviario por debajo del túnel de la mancha, empeñada en que fuera sólo para coches).

Los años posteriores los recordaremos sobre todo los que los vivimos en primera persona. La Margarita duró en el poder hasta el año 1992, sustituida por John Major tras ser derrotada por su propio partido. 5 años más tarde ganaría el poder por una mayoría apabullante, el laborista de nombre poco proletario, Anthony Charles Lynton Blair.

Una de las primeras acciones del flamante primer ministro fue restaurar la alcaldía de Londres, esta vez con un alcalde directamente elegido, pero con muchos menos poderes que la anterior. Ken, el Rojo, que en los años anteriores se había limitado a participar como invitado especial en concursos de televisión, vio su oportunidad de recuperar el poder londinense. Blair no lo quería. Se había empeñado tanto en transformar la imagen de su partido y de llevarlo a rastras hacia el centro del arco político, que no estaba dispuesto a permitir que una persona que consideraba ‘radical’ y ‘del pasado’ volviese a otorgarse el protagonismo político que supondría ser alcalde de Londres. Manipuló las elecciones primarias de su partido, otorgando sólo el 33% de los votos a los afiliados y el resto a los diputados y los sindicatos. Ken perdió pero no se rindió, presentándose como candidato independiente previa expulsión del partido laborista, y unos meses después venció en las primeras elecciones para la alcaldía con una mayoría aplastante.

La popularidad de Ken era imbatible. Se construyó su feudo en el nuevo ayuntamiento de Londres, un imponente edificio de vidrio con forma no de tritón sino de ameba, a unos cientos de metros del museo Tate Modern. Tenía en realidad pocos poderes, limitándose estos principalmente a la gestión del transporte, pero en poco tiempo inventó la medida tan controvertida como exitosa, de cobrar un canon de 7 libras al día por entrar en coche al centro de la ciudad. El dinero ganado se invertiría en renovar por completo el parque de autobuses municipales, y en mejorar el transporte público. Peatonalizó la Plaza de Trafalgar, lanzando una guerra sin tregua contra las palomas; estableció la gratuidad de los museos y se opuso a los planes del gobierno central de privatizar el metro de Londres. Era tan popular que a Blair no le quedó otro que readmitirle en el partido. 4 años más tarde volvería a ganar, esta vez como candidato laborista.

En los 4 años siguientes, tampoco defraudó. Consiguió los juegos olímpicos para la ciudad y fue halagado por su reacción espontánea, contundente y apasionada ante la barbarie terrorista de los atentados de Londres. En unas pocas palabras resumió el sentimiento de una ciudad.

Pero reincorporarse al partido laborista también le ha pasado factura. Si, como parece que está a punto de confirmarse, ha salido derrotado en las elecciones de ayer, será en gran parte consecuencia de la impopularidad del actual primer ministro, Gordon Brown. Y cederá paso al impresentable Boris Johnson, el último ejemplo de un político que llega al poder en Europa más por su excentricidad que por su capacidad de gestión o su perfil democrático. Pero el récord de Brown no sería el único motivo del fracaso. Ken, el Rojo, puede ser muchas cosas: un mito, una leyenda, un símbolo de la identidad londinense; pero está lejos de ser un santo. Se le acusa de ser padre de 5 hijos ilegítimos por 3 mujeres distintas, y culpable de numerosos casos de corrupción municipal. Su idealismo de izquierdas le ha llevado a alcanzar cuestionables pactos con políticos tan controvertidos como Hugo Chávez, con el cual firmó un acuerdo para recibir petróleo venezolano para los autobuses a cambio de ayuda social. Se ha perdido los papeles en más de una ocasión acusando una vez a un periodista del medio opositor, Daily Mail, de comportarse como un capo nazi, sólo para descubrir después que el periodista en cuestión era de origen judío. (Nunca se ha disculpado por la metedura de pata). Y se dice de él que es megalómano, tan obsesionado con mantener el poder que antes de ser elegido por primera vez en 2000, advirtió que de no poder presentarse le iba a provocar un sarpullido de la piel.

Pero diga lo que se diga de Ken Livingstone, no deja de ser un político leyendario. Era una figura fundamental en la vida británica durante mis pasados 31 años de vida. Nadie encarna mejor que Ken la idiosincrasia, la rebeldía, el progresismo, y el carácter iconoclasta del pueblo de Londres. Boris Johnson puede ser excéntrico pero ha llegado tan lejos gracias a la campaña de imagen que ha realizado su partido, el Conservador para ocultar su faceta más desagradable. En el peor de los casos será un desastre, y en el mejor un producto del aparato político de su partido. Ken Livingstone era muchas cosas, pero sobre todo era independiente, y mantenía siempre sus convicciones. Hacen falta más políticos europeos como Ken, el Rojo.

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