domingo, abril 13, 2008

La Virtud de la Imbecilidad

Los italianos han ido a votar. Seguirán mañana pero parece, salvando sorpresas de última hora, que el ganador será Silvio Berlusconi, un político con estrechas relaciones con la mafia, un imperio mediático que controla casi todas las televisiones del país- todas, si gana, porque tendrá también la pública RAI-, y una relación privilegiada con la jerarquía del Vaticano. Si gana, lo hará en un momento en el que la economía italiana está al borde del abismo, incapaz de adaptarse a los tiempos, y después de una fuerte campaña dirigida a sembrar pesimismo y desconfianza hacia los políticos de todos los colores.

A mis amigos italianos la situación les preocupa. A mí me preocupa, aunque sólo sea porque es un país que quiero, con el que tengo vínculos familiares no tan lejanos, y uno de los países que más se han contribuido a la construcción europea.

La revista británica, The Economist, apoya sin reservas al candidato del Partido Democrático, Walter Veltroni, afirmando que Berlusconi no tiene lo que se requiere para gobernar una democracia moderna y que su único objetivo es blindarse a él mismo y a sus amigos ante la justicia.

De todas formas, otro diario británico, The Independent, sugiere que todo es un gran chiste, y que Berlusconi hará más divertidos los consejos europeos con su bufonería, sus comentarios fuera de lugar, y su cómica malicia. Es sólo el último ejemplo de una triste tradición británica según la cual el resto de Europa ya no cuenta, salvo para criar líderes excéntricos. El anterior ejemplo de esa tendencia fue la visita oficial del Presidente francés, que obtuvo gran atención mediática sólo gracias a las piernas de su mujer.

Según dicha teoría, líderes como Zapatero o Prodi son demasiado aburridos, “no tienen el perfil mediático que se requiere de un Presidente de Gobierno”, y en el escenario de las relaciones internacionales, se reducen a meras anécdotas. Mejor un Aznar que flirtea con Bush, juega el papel de caniche de Estados Unidos, se saca fotos en las Azores, y finge chapurrar el inglés y el italiano.

Desde mi punto de vista, la imagen de Zapatero pidiendo con su habitual talante, que el Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, respetara el turno de su interlocutor, fue la mejor imagen de un líder serio, con credibilidad, y preocupado más por gobernar que por hacer el tonto. Pero incluso en esa ocasión, el que llevó el mayor protagonismo fue el Rey, que mandó callar a Chávez de manera rotunda y sin la educación que se requiere en un contexto diplomático. Tristemente, son los medios de comunicación los primeros culpables de que personajes como Berlusconi lleguen tan lejos en la política.