viernes, octubre 12, 2012

Pasión y ceguera: Lo que nos cuentan y lo que, de verdad, sabemos


Ya es tópico escribir que los políticos han perdido la credibilidad entre los ciudadanos, aunque no deja de ser un hecho preocupante por lo que puede acarrear en un futuro próximo para la democracia. Tristemente, en Europa ya sabemos lo que pasa cuando todo el sistema social y constitucional se derrumba y los votantes empiezan a buscar respuestas a través de ideologías más radicales y ‘chabacanas’, como dirían algunos. Sin embargo, no se ha comentado tanto otra institución que actualmente tiene una crisis de credibilidad, que es la que se conoce como el cuarto poder: los medios de comunicación.

Y no es que los periodistas no sean buenos profesionales. Excelentes periodistas hay muchos, y en muchos países. Y muchos son los que ponen en riesgo hasta su propia integridad física en la búsqueda de la verdad. Sin embargo, para que todo ese esfuerzo valga la pena, tiene que haber una relación bidireccional entre periodista y lector, y últimamente tengo la sensación de que los ciudadanos de muchos países se han enrocado tanto en sus prejuicios que ni siquiera quieren escuchar unos argumentos que contradigan a su propia ideología. El éxito de ciertos grupos mediáticos –la Fox en Estados Unidos, Intereconomía en España, Mediaset en Italia, etc.-, que definen su labor no como investigadores sino como alimentadores de prejuicios sólo sirve para aumentar la pereza intelectual del ciudadano antaño crítico para que deje de explorar otros canales y vías para poder comprender la realidad que habita.

Las redes sociales tampoco han ayudado. Ya no sé si todavía sirve la palabra ‘bulo’ para describir lo que ocurre últimamente en estas comunidades virtuales. No pasan 24 horas sin que vea a otro amigo retransmitir una opinión sensacionalista escrita por nadie sabe quién y sin referencia a ninguna fuente o dato contrastado. La velocidad con la que se mueve la rumorología en Internet es tal que la verdad ya no importa. Las ideas se meten por nuestros oídos y salen por nuestras bocas sin ser procesadas en ningún momento por el cerebro, como comentó en una de sus últimas entrevistas grabadas el ex presidente del Gobierno de España, Adolfo Suárez.

Pero, volvamos al tema en cuestión. El caso es que más allá de los riesgos, Internet también tiene sus ventajas para los que de verdad queramos informarnos. Podemos acceder, no sólo a  medios de comunicación de todo el mundo sino también pedir directamente la opinión de nuestros contactos cercanos, por muy dispersos que estos se encuentren por el planeta. Los que no hayamos perdido el sentido crítico y estemos dispuestos a analizar la información que nos llegue podemos convertirnos en ciudadanos muy bien informados, mucho más que hace apenas 15 o 20 años cuando dependíamos, a lo mejor, de uno o dos diarios más o menos objetivos que comprábamos cada día en el quiosco y en los que confiábamos porque no teníamos otra forma de contrastar las observaciones que contenían.

En mi caso las redes sociales son de gran utilidad, para dar sólo un ejemplo, por la capacidad que me dan para  informarme sobre lo que ocurre en América Latina, región que siempre me ha fascinado y que también fue el tema de mi licenciatura. El tiempo que he vivido en dos países muy diferentes de aquella región, y los contactos que he tenido con numerosas personas de todo el continente sirven como buen punto de partida para intentar mantenerme informado sobre algunos aspectos de la realidad de la región. Reconozco que mis conocimientos siempre serán parciales pero no me preocupa especialmente porque tampoco soy imparcial cuando opino sobre el país en el que llevo 12 años viviendo o sobre la tierra donde nací. Todos tenemos nuestra propia subjetividad, y para eso sirve el diálogo y el debate, pero lo importante es que siempre intentemos mirar más allá de ella y escuchar y procesar opiniones diferentes a las nuestras.

¿Y a qué viene este debate? Pues, el caso es que hace unos días se celebraron las elecciones presidenciales en Venezuela en las que volvió a ganar Hugo Chávez con un margen reducido pero todavía significativo. Seguí todos los detalles de la contienda en las semanas anteriores, informándome como siempre a través de diversos medios y vías. En ningún momento expresé una opinión personal, ante todo por mi propia sensibilidad democrática y por no tener ninguna intención de inmiscuirme en los asuntos de un país que no es el mío. Sin embargo, me fui dando cuenta poco a poco de la brecha que había entre las opiniones que leía en unos y otros medios, y más aún entre la cobertura de los medios, en términos generales, y las opiniones de la ‘gente de la calle’.

Por un lado, como fue el caso de muchos medios de comunicación ‘serios’, leía que el sistema de recuento de votos rozaba la perfección, contando con el aval de diversos organismos internacionales, que Venezuela disfrutaba de una pluralidad mediática que sería la envidia de un país como España, y que según todos los indicadores internacionales el país caribeño había logrado reducir de manera sustancial los índices de pobreza y de marginación social. Por otro lado, descubrí que, en realidad, estos datos no eran prueba de la calidad democrática debido a que más allá del sistema de votación, también se habían registrado numerosos casos de intimidación a los votantes quienes tenían miedo a perder el trabajo si no votaban al partido de Chávez y que, según se dice, muchos de los que trabajan en los nuevos puestos de la administración creados por Chávez pueden ser despedidos si se descubre que hayan apoyado a la oposición.

También leí que muchos de los supuestos ‘avances’ sociales eran muy relativos porque se financiaban con el dinero del petróleo y que a la larga las políticas no iban a ser sostenibles. Leí muchos otros datos que ofrecían una variedad de perspectivas sobre la situación del país, aunque me sorprendió ante todo que, al acercarse la fecha de la contienda, la mayoría de los medios europeos no se encontraran capaces de criticar con severidad, y con pruebas concretas, ningún aspecto de la gestión de Chávez durante los últimos 14 años más allá del dramático aumento de la inseguridad y el pobre estado de las infraestructuras. Ambas cosas, desde luego, son prueba de fallos graves en la administración, sin embargo, también se critica el estado de las infraestructuras y la inseguridad en Argentina, e incluso en el Reino Unido, y aunque pueden ser motivo de la caída de un gobierno, no justifican por si solas todas las insinuaciones que hemos escuchado en los últimos años de que Venezuela es un régimen autoritario y de que Chávez ha desmantelado todas las instituciones del Estado.

La única conclusión a la que puedo llegar es que la realidad de Venezuela, como la de cualquier otro país, es bien compleja, que hay una gran diversidad de opiniones respecto a su situación política y económica y que el debate político presenta dos (o varios) caminos alternativos muy diferentes y que, por tanto, es tan o más pasional como era hace 50 o 100 años en el Reino Unido cuando también había alternativas claras, y no como hoy cuando parece que gane quien gane, el único vencedor claro en las elecciones siempre acaba siendo el Estado británico.

Venezuela es el país del mundo con más reservas petrolíferas y los resultados de sus elecciones son relevantes tanto para sus ciudadanos como para los países importadores de petróleo, por tanto, la crispación se extiende a los medios de comunicación extranjeros. Para el observador foráneo surgen multitud de dudas y respuestas que necesitan ser contestadas para que aumente la comprensión sobre lo que de verdad ocurre. Sin embargo, la sensación que tengo es que la realidad genera tanta pasión que cualquier extranjero que intente hablar con un ciudadano de aquel país para poder llegar al fondo de la cuestión, si su hipótesis con coincide con el de su locutor corre el riesgo de salir quemado. Salvo en contadísimas ocasiones las respuestas incluyen tantas tópicas como el relato de los medios de comunicación tan extremistas de una u otra banda. Falta un análisis frío de la situación que sirva como punto de partida para buscar una solución o una alternativa a la realidad actual. En los últimos días, noto que las cosas están empezando a dar un vuelco y que hay una mayor disposición en la sociedad a intentar escuchar al otro, algo que me parece sumamente positivo, pero sólo es un primer paso.

Al igual que ocurrió con los gobiernos de Juan Perón en Argentina, en la Venezuela actual existe un Gobierno y una oposición que es un amalgama de todo lo que el chavismo no es pero que todavía no se atreve a definirse por lo que sí es. Por tanto el discurso de los opositores también se centra en todo lo malo de la realidad actual sin explicar cómo sería la ‘otra Venezuela’ que se quiere construir. Si lo que se quiere crear es una sociedad que cuente con todos, lo primero que habría que hacer es buscar puntos de encuentro entre las opiniones de ambas bandas, entender por qué gran parte de la población, que estaba excluida cuando Venezuela era uno de los países más desiguales y con mayores índices de pobreza del mundo y cuando dos partidos se repartían felizmente el poder entre ellos y el dinero entre las élites, siente tanta lealtad por Hugo Chávez, y empezar a diseñar una alternativa que no les vaya a volver a dejar en la cuneta. Y de cara al exterior, si los medios profesionales de todo el mundo de verdad no son capaces de proyectar una imagen real de lo que de verdad ocurre, está claro que se necesita una labor de comunicación que vaya más allá de los eslóganes pro y antichavistas y que nos permita abrir los ojos y los oídos a los demás. Pero está claro que, en un mundo en el que tan importante como los medios escritos son las redes sociales, ese esfuerzo también tiene que extenderse al ciudadano de a pie, quien tendrá que acostumbrarse a escuchar los comentarios de los de fuera, agradecerles el interés mostrado por su realidad, y presentar argumentos que les permitan formar una opinión más completa, y por supuesto reconociendo que nadie lleva la razón absoluta.

Y sólo es un ejemplo. Todos los conflictos en el mundo, y no menos en España o en Europa, son conflicto de la ignorancia y de la poca voluntad de unos de escuchar al otro. En un mundo cada vez más social, primero tenemos que aprender a escuchar, y después, aunque no menos importante, saber analizar de forma más o menos objetiva la información que nos llegue. En definitiva, a aprender a divulgar no lo que nos cuenten los demás sino las conclusiones a las que hemos podido llegar como consecuencia de un proceso analítico mucho más profundo. Pero ante todo, debemos aleccionar menos y escuchar más, porque acercarse a una mentira es lo más fácil del mundo. La verdad, en cambio, es mucho más escurridiza.