viernes, octubre 26, 2012

Una masa manipulada y poco crítica es el caldo de cultivo para los extremistas


El espectro ideológico adopta una forma esférica. Bastante parecido al planeta Tierra, uno puede dirigirse hacia el Este o hacia el Oeste sin llegar nunca al “final”. Sólo con las mejores herramientas geométricas –bastante mejores que las que tenía Cristobal Colón, por cierto- uno puede darse cuenta de si realmente ha alcanzado el extremo de lo que en términos geopolíticos se conoce como Occidente o si en realidad está otra vez en Oriente. Con la única diferencia que en vez de Oriente y Occidente hablamos de Izquierda y Derecha.

Colón, al llegar a la isla que luego se llamaría La Española, creía haber llegado a la India. Todavía le faltaba un buen recorrido para llegar tan lejos. Sin embargo, de la misma forma, hoy en día hay mucha gente que quiere definirse como ‘de izquierdas’, pero que en realidad ha alcanzado unas posiciones tan extremas que les cuesta distinguir sus ideas de las que geopolíticamente están en sus antípodas, pero que en realidad están a unos pocos kilómetros de distancia.

Está de moda, por ejemplo, entre los votantes –y abstencionistas- de izquierdas criticar no sólo a los que impongan políticas que les desfavorezcan sino a toda la clase política española. Colectivo que califican de corrupto, avaricioso y alejado de los problemas reales de los ciudadanos. Desde luego, la política en España es mejorable en muchos aspectos: El sistema de listas da demasiado poder a los partidos políticos e impide que los diputados voten en función de las necesidades de los ciudadanos de su circunscripción. (También es verdad que en países como el Reino Unido, tan celebrado últimamente por la derecha española, donde cada diputado es elegido de forma directa, llegan críticas similares porque al fin y al cabo es la dirección del partido en Londres la que más influye en la elección de los candidatos, por encima de la organización local). La estructura autonómica ha permitido numerosos excesos por parte de los representantes regionales y se han creado muchos cargos políticos innecesarios. Sin embargo, estos problemas, por muy reales que sean, tienen relativamente poco que ver con el sufrimiento actual de tantos españoles, que se debe principalmente a una crisis económica con sus orígenes en un modelo de crecimiento basado en la construcción. Un modelo que por muchos años funcionó y que en su día contaba con el aval no sólo de los políticos sino también de muchos ciudadanos quienes veían como les generaba riqueza a corto plazo. Así es la democracia. No sólo se equivocan los políticos. También lo hacen los ciudadanos. Y hay que ser muy nerd para pensar que todo se va a solucionar con un sistema electoral más proporcional.

Ahora hay que cambiar muchas cosas. No es normal que un país con el nivel de desarrollo del tejido económico y social de España tenga el mismo nivel de paro de países que padecen sistemas totalitarios o que rozan la más extrema pobreza. Hay que hacer algo para acabar con la economía clandestina y para poner fin a una situación en la que unos pocos cotizan para pagar la Seguridad Social, la sanidad y la educación de todos. Y esta no es una guerra de pobres contra ricos. Incluso entre las clases medias son miles y miles los que aprovechan esta situación para poder contar con algo más para pagar sus gastos de mes a mes.

Son problemas que en una sociedad democrática madura se pueden analizar, debatir y al final de todo solucionar, pero para ello necesitamos reforzar las instituciones democráticas y no debilitarlas. Y es allí que, en mi opinión existe la diferencia entre gran parte de la izquierda moderada y la derecha extrema, una diferencia que debido a la escasa frontera entre los dos extremos muchas veces genera confusión y permite que demasiados ciudadanos se dejen manipular por la otra banda para dar fuelle a sus objetivos autoritarios.

Hace unas semanas empezó a circular a través de las redes sociales un artículo que llevaba el título, “El ignorado artículo publicado en Alemania sobre la situación real de España”, y a continuación la entradilla, “Traducción de un artículo publicado en varios periódicos económicos alemanes, por su corresponsal en España” escrito por una periodista llamada Stephanie Claudia Müller. En realidad, el artículo ni se había publicado en Alemania, ni la había escrito la mencionada periodista –o, por lo menos, no ella sola-, y desde luego, no había sido ignorado en España. Se había publicado en El Confidencial, y llevaba también la firma de Roberto Centeno, tertuliano de la derecha desacomplejada de Intereconomía. Sin embargo, el mero indicio de una conspiración de censura que sugería el título de la versión viral fue suficiente para que tuviera gran repercusión en la Red y especialmente entre el colectivo de izquierdas definido como ‘antisistema’. Incluía algunas de las siguientes afirmaciones:

  • “España no es Grecia, pero España puede ser un paciente crónico si Alemania, junto con Europa, no contribuye a solucionar sus verdaderos problemas”.
  • España no debería recibir más dinero sin que se cambie a fondo el sistema político y económico, hoy en manos de una oligarquía política aliada con la oligarquía económica y financiera, y sin que se aumente la participación ciudadana real en las decisiones políticas”.
  • “Para no perpetuar la crisis y endeudar a los españoles durante generaciones, el Gobierno español debe reformar a fondo la administración de las comunidades autónomas y los ayuntamientos, en su mayoría en bancarrota y completamente fuera de control, sometiendo a referéndum el modelo de Estado”.
  • “….las regiones, ayuntamientos y diputaciones son los responsables de los dos tercios del gasto público -234.000 millones frente a 118.000 el Estado en 2011-, excluyendo la Seguridad Social -23.000 millones-, y este gasto se realiza en condiciones de descontrol, despilfarro y corrupción totalmente inaceptables”.
  • “Las razones verdaderas de la crisis del país, en consonancia con lo dicho, nada tienen que ver con salarios demasiado altos -un 60 % de la población ocupada gana menos de 1.000 euros/mes-, pensiones demasiado altas -la pensión media es de 785 euros, el 63% de la media de la UE-15- o pocas horas de trabajo, como se ha trasmitido a veces desde Alemania”. 
  • “La razón de la enfermedad de España es un modelo de Estado inviablefuente de todo nepotismo y de toda corrupción, impuesto por una oligarquía de partidos en connivencia con las oligarquías financiera y económica,  y con el poder judicial y los organismos de control a su servicio”.
  • “No puede permitirse por más tiempo este nivel de corrupción”,…

Utilizaba, por tanto, un discurso que viniendo de un periodista de la derecha conservadora sonaba atractivo para un gran segmento de la izquierda de nuestro país. Los argumentos no carecían de fundamento -aunque habría que contrastar las cifras que nos ofrece-, sin embargo, en parte por la forma viral de difusión los redactores lograron transmitir otros mensajes indirectos:
  1. Los medios españoles conspiran para ocultar la verdad, que sólo se conoce en Alemania.
  2. España no es capaz de solucionar sus propios problemas y necesita seguir los consejos de otro país –Alemania- para poner su casa en orden.
  3.  El final de la crisis pasa por acabar con el estado autonómico.
  4.  La política es la razón número uno de todos los problemas de nuestro país.

Se trata de un discurso sensacionalista, populista, que busca simplificar los problemas de España, encontrar un solo culpable –las instituciones públicas- de un problema esencialmente de deuda privada –Medios serios como The Economist no cesan de repetir que España tenía superávit cuando estalló la burbuja inmobiliaria-, y generar un clima de creciente hostilidad hacia los políticos. Es un discurso de derechas, pero que en estos tiempos tan turbulentos fácilmente puede ser asumido por la izquierda, y es una prueba fundamental del paso corto que supone en un país en el que la gente lo está pasando realmente mal, pasar de votar a un partido como la coalición de izquierdas griega, Siriza, a otro de ideología nazi, Aurea Dorada: “La política no nos sirve y por tanto tenemos que buscar nuestras propias soluciones aunque eso pase por limpiar las calles de inmigrantes, sustituir nuestros gobernantes por unos mandados de Berlín o enviar la Guardia Civil para que establezca el orden en el Parlament de Catalunya” es el mensaje que nos llega. De hecho, esta última idea no dista mucho de la del propio redactor del artículo, Roberto Centeno, quien afirmó después de la manifestación independista el pasado 11 de noviembre, “Los nacionalistas catalanes son unos mierdas. No hace falta mandarles el Ejército, basta con algunos guardias civiles”.
El espectro ideológico es, como escribí al principio de esta entrada, esférico, y la frontera entre la extrema izquierda y la derecha extrema es muy difusa, tan difusa que es muy fácil que una se disfrace de la otra con tal de ganar una audiencia cautiva para mensajes cada vez más radicales y salvajes; y hay suficientes en cada bando como para que con sólo unirse con el mismo objetivo, puedan suponer una verdadera amenaza para el futuro democrático del país. El Nacional Socialismo no era nacionalista y socialista por nada, y tampoco fue por nada que un partido tuviera entre sus militantes a dos personalidades tan diferentes como pueden ser Joseph Ratzinger o Günter Grass. Dirán que en aquel entonces todo el mundo era radical y no sabían cómo la cosa iba a terminar. Pues, no parece que hoy las cosas sean muy distintas y si nosotros queremos evitar caer en la misma trampa, tenemos que ser más críticos y aprender a elegir mejor nuestros referentes. Algo que es más fácil si nos basamos en fuentes de confianza, y no sólo en cualquier spam que aparezca en Facebook.
Y para terminar, no podemos dejar que la clase política siga perdiendo credibilidad entre los ciudadanos y cuando sufre, no podemos seguir golpeándoles, rodeándoles y destruyéndoles. Las instituciones siempre son mejorables y como bien decía Winston Churchill, “la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás”. La mayoría de los políticos eligen su profesión porque creen en algo y porque quieren contribuir al bienestar de la sociedad. Que haya corruptos, que el proceso de toma de decisiones no sea perfecto, que los ciudadanos se sientan ignorados, son problemas que buscan respuesta. Y debemos buscar esa respuesta sin dejar que los extremistas se aprovechen de la situación y tumben todo el edificio. Cuando suceda eso, que esperemos que no, tardaremos siglos en volver a construir algo similar.