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Reflexiones egipcias


Esta revolución es, ante todo, egipcia, aunque por extensión es también árabe, mediterránea y norafricana. Sin embargo, ha emocionado a casi todo el planeta ver, en estos tiempos de incertidumbre, pasividad y de crisis económica y espiritual, que el ser humano todavía es capaz de alzarse y de alterar su destino.

Sólo se ha dado el primer paso. El tirano ha caído pero todavía falta construir una nueva sociedad libre, moderna, laica y cívica. Hemos de agradecer a los egipcios, que con su valor y persistencia nos han regalado este breve momento de alegría y esta sensación de unidad humana, que se ha extendido como la pólvora por todo el planeta. Sin embargo, cuando termine la fiesta, también será nuestro deber devolverles todo nuestro apoyo, para que el gobierno militar sea sólo una medida temporal, de manera que se cumplan los sueños de millones de egipcios y se dé paso a una democracia verdadera.

Muchos siguen sin creer que sea posible la democracia en el mundo árabe. Sin embargo, en las últimas semanas he visto como día tras día, los egipcios han vuelto a hacer trizas a los argumentos expuestos en editoriales de revistas como The Economist, que primero insistieron que la revuelta tunecina no sería suficiente para derrocar a Ben Ali, después que los egipcios no se alzarían como los tunecinos, y después que el gobierno de Mubarak sería capaz de sofocar la revuelta popular.

Mi cabeza siempre será realista pero en un día como éste, en el que el corazón desborda de optimismo e ilusión, sólo puedo desear que los egipcios, con su suerte de alquimia posmoderna e internetera, logren transformar de verdad el camino de la historia y hacerse cargo de su propio destino. La experiencia pasada sugiere que fracasarán pero la experiencia es sólo una guía. Ahora hay que trabajar para evitar que sea también nuestro yugo.

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