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¿Qué tuitean los niños del Gallinero?

Estos últimos meses hemos visto y leído mucho sobre los indignados quienes, si creemos lo que nos cuentan la mayoría de los medios, son principalmente ciudadanos jovenes de clase media que protestan contra la falta de perspectivas profesionales en España, a pesar de los muchos estudios que han realizado. Hemos visto a través de la pantalla de televisión o del ordenador cómo ocupan edificios, forman partidos políticos o se reúnen en las plazas para intentar construir un mundo mejor.

Sin embargo, los indignados no son, ni mucho menos, los únicos que padecen la crisis en España. Leí esta mañana que el 60% de los parados españoles no han terminado la Enseñanaza Secundaria Obligatoria (ESO). Son principalmente jóvenes que dejaron los estudios para apuntarse al boom del ladrillo, y que ahora, una vez estallida la burbuja, no tienen futuro ni dentro ni fuera de España. Los indignados gritan que son la generación más preparada y menos valorada. Será su caso, pero gran parte de su generación no es ni una ni la otra. Sin embargo, ¿qué sabemos de ellos?


Si lo pienso bien, sí puedo afirmar que he leído alguna cosa sobre la generación que se creía rica con el ladrillo y después lo perdió todo. Sin embargo, estoy seguro de que la mayoría de los artículos que he encontrado sobre este tema son de medios extranjeros. En España, parece más que nunca que los pobres no tienen voz. Se dice que Internet y las redes sociales hacen que la sociedad converge más que nunca, sin embargo, si es así, ¿dónde están los realmente pobres? ¿Qué tuitean los niños del poblado chabolista, el Gallinero, en la madrileña Cañada Real? ¿Qué tuitea el hombre que casi todas las semanas veo recorrer los convoyes de Metro, siempre con la misma historia de que acaba de salir de la cárcel, que necesita darse una buena ducha y que agradecería cualquier apoyo, sea dinero, comida, o lo que sea? ¿Qué tuitean los hombres desmembrados y la señora de la caja musical de la Puerta del Sol?


Nos intentan vender la historia de que Internet nos une, nos hace más iguales, da voz a todos los ciudadanos. Pero hay muchos ciudadanos que todavía no tienen voz, que no se escuchan ni en la radio ni en la televisión, que cuando nos metemos en la comodidad de nuestras casas y  en la página de alguna ONG para dar dinero a Haití, parece que no existen. 'En España todos somos de clase media', sentencian. Claro, los demás están en sus palacios o en la cuneta. ¿Pero qué sabemos de la cuneta hasta que nos toca a nosotros estar allí?


Algunos programas de televisión nos intentan enseñar el Madrid más marginal, la España más profunda, pero siempre con distancia, con frialdad, sin hacernos ver que forman parte de la misma sociedad que habitamos, y que no son una mera curiosidad que está allí para entretenernos. Sin llegar al fondo del problema. Sin entrevistar a expertos o sociólogos para buscar explicaciones y, por qué no, alguna solución. Tener espectadores no es tener voz.


¿Quién les representa? En el Reino Unido los sin techo tienen la revista, The Big Issue, que escriben y venden ellos mismos. Es muy popular y les da dignidad. Puedes notar el orgullo en sus caras, y ha ayudado a miles de personas a salir de la pobreza y conseguir un techo y un trabajo. No en vano, el fundador era él mismo un sin techo. Les demuestra de lo que son capaces. Aquí tenemos una oscura revista llamada La Farola. Los que presumen de venderla sólo sostienen un ejemplar envuelto en plástico. Nunca he visto a nadie comprarla, menos leerla. Dan dinero al 'indigente', pasan y siguen. Si no somos capaces de ver las cosas con nuestros ojos, ¿cómo vamos a diagnosticar el problema, ni hablar de encontrar una respuesta creativa?

El modelo político actual aleja los políticos de los ciudadanos. No necesitan los votos de nadie salvo los de sus partidos para poder aparecer en la lista electoral. El concejal de tu barrio probablemente sepa muy poco de los problemas escondidos en las calles más marginales, y menos si los habitantes son inmigrantes que no pueden votar. Sí, por supuesto hay gente: militantes de base que dedican algunas horas de la semana para visitar la agrupación local de su partido político y que hacen el esfuerzo para adentrarse en los problemas de su barrio. Pero su voz no llega a los altos estamentos políticos, y lo más probable es que cuando ellos mismos empiecen a escalar peldaños en la organización de su partido, también pierdan contacto con el día y se olviden de los que menos tienen.


El silencio de los más necesitados pervierte el sistema, nos hace menos solidarios, hace que los políticos propongan medidas como el copago, la privatización de la sanidad o la educación, y encima nos parece justo. Porque los que más se benefician de un estado de bienestar equitativo y que más perderán ante su cada vez más probable desaparición, ante nuestros ojos simplemente no existen.


Nos hemos olvidado de los marginados - para eso les llamamos así - pero están allí, y merecen más que un oído. Merecen una voz.

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