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Que se fuguen los cerebros, pero que luego vuelvan


España se preocupa por la cantidad de jóvenes bien formados y preparados que abandonan el país en busca de trabajo en otros sitios. Y debería ser así, pero no por el hecho de que se vayan sino por la falta de empleo que les empuja a dar el paso.

Sin embargo, cuando se habla de una fuga de cerebros, se obvia que los que se van lo único que hacen es seguir el instinto natural, el de buscar ampliar sus conocimientos y experiencias en otros lares y de establecerse en los paises en los que sientan que tendrán mayor reconocimiento y calidad de vida.

No debe ser el objetivo del Gobierno detener ese flujo, que sería restringir la libertad de la gente. Sólo países como Cuba intentan crear barreras artificiales que impidan a sus ciudadanos respirar o dar respuesta a sus inquietudes en el exterior, y ya hemos visto como termina eso. Salen más y más para no regresar nunca. Tampoco debe considerarse una pérdida de dinero por parte de un Estado que ha costeado durante tantos años sus estudios. O por lo menos, no debe considerarse así si el movimiento es circular. Porque incluso cuando se vuelva a generar empleo, habrá muchos que mantengan la misma inquietud de viajar, de explorar y de descubrir. Y a la larga aprenderán más y los que algún día vuelvan aportarán nuevas ideas, nuevos conceptos y nuevos estilos de vida que enriquecerán el país en todos los sentidos.

Lo que tiene que garantizar el Gobierno es que para cada español formado que salga, entre otro extranjero, o mejor dos, con igual o mayor formación para así fortalecer este círculo virtuoso de crecimiento y aprendizaje. Porque no sólo el Estado español invierte en formación, y algunos países son especialmente expertos en formar a personas en áreas determinadas en las que aquí falta experiencia. La bonanza tecnológica en Estados Unidos, para ofrecer sólo un ejemplo, se alimentó principalmente de ingenieros e informáticos procedentes de Asia que fueron en busca del éxito en unos años en los que en sus países sufrían una grave depresión y no había oportunidades. Muchos de estos ya han regresado a sus países y hoy apuntalan el éxito de las economías emergentes, o lideran los movimientos ciudadanos que demandan mayor libertad y más democracia en sus paises de origen. 

El principal error que se cometió en España en los últimos años de bonanza fue que además de permitir que los jóvenes dejaran de estudiar para trabajar en el ladrillo y después unirse a la cola del paro, se dieron más facilidades a las constructoras para que contrataran mano de obra extranjera y poco calificada, y en cambio los que venían de fuera con un alto nivel de formación encontraron un montón de estorbos burocráticos para ser considerados como iguales en el mercado laboral, o que ni siquiera se reconocían sus estudios.

Sólo cuando logremos sustituir el término ‘fuga de cerebros’ por ‘libertad de cerebros’ y tomemos las medidas necesarias para ayudar a las empresas a contratar los mejores, vengan de donde vengan, seremos capaces de aprovechar todos los beneficios de este fenómeno y de integrar a España plenamente en un modelo de globalización más humano en el que no sólo fluya libremente el capital sino también las personas.

Y que no vengan sólo para dar clases de inglés...

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