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El interminable traspaso de poderes


Nos quedan 10 días todavía para que Mariano Rajoy asuma, de manera oficial, el cargo de Presidente del Gobierno de España. El periodo excesivo entre las elecciones y la jura del cargo del nuevo mandatario ha generado, en esta ocasión, una situación que roza el absurdo, hasta tal punto que, obligado por la gravedad de la crisis europea y del euro, el presidente en funciones se ha convertido, en efecto, en portavoz de Mariano Rajoy ante la Unión Europea.

No sólo debe resultar humillante para un dirigente que durante siete años ha gestionado el destino político de España tener la obligación, después de que su partido haya sufrido una dura derrota electoral, de defender durante cuatro semanas ante los organismos internacionales el programa de su vencedor. Esta extraña situación también pone al país en una posición de debilidad en cualquier negociación internacional y permite al equipo del presidente in pectore ‘echar la culpa al muerto’ cuando el resultado de las negociaciones no es de su agrado, por mucho que los suyos lleven semanas moviendo, con escaso resultado, los hilos de sus correligionarios en el Partido Popular Europeo que gobiernan en la mayoría de los países de Europa.

Además, es una situación bastante excepcional. Es comprensible que en un sistema presidencial, como es el caso de la mayoría de los estados americanos, haya un periodo más o menos largo entre las elecciones y la ceremonia de inauguración del nuevo Presidente. Se trata, a fin de cuentas, del nombramiento del nuevo Jefe de Estado. Tampoco resulta extraño que en una democracia joven como la española se hayan establecido protocolos y normas constitucionales rígidas que garanticen una transición ordenada entre un gobierno y otro. Sin embargo, tras los últimos comicios se ha venido demostrando suficiente madurez democrática como para dar a entender que a efectos prácticos se podría realizar el proceso en mucho menos tiempo, y sobre todo cuando el vencedor de unas elecciones dispone de mayoría absoluta en el Congreso y, por tanto, no tiene la necesidad de alcanzar pactos con partidos minoritarios.

En el Reino Unido, el día después de las elecciones–siempre que el vencedor cuente con suficiente apoyo en el Parlamento para poder gobernar, lo que no fue el caso después de las elecciones de 2010–el primer ministro derrotado abandona Downing Street por la mañana y unas horas después, tras una visita fugaz al Palacio de Buckingham, el ganador saluda a las cámaras en las puertas del número 10 como nuevo premier. En Francia, el traspaso de poderes también es un proceso relativamente sencillo. Lo complicado es un cambio de presidente pero lo sería también aquí una coronación de un nuevo monarca. En Alemania, el canciller habitualmente tiene que gobernar en coalición, por lo que las negociaciones suelen retrasar la formación de un nuevo gobierno, pero una vez definida su composición el traspaso es rápido y eficiente como sólo cabría esperar del país germano.

Parece que en España tampoco hay grandes complicaciones y que la mayoría de las trabas son constitucionales. Pues, si es así sería conveniente en un futuro próximo reformar la constitución para evitar situaciones como la actual que transmiten una imagen de una burocracia lenta e ineficaz que dista mucho de la realidad.

Por lo menos, así nos ahorraríamos tener que leer o escuchar, para 10 días más, editorial tras editorial de El Mundo y de Intereconomía, achacando todos los males de España a los que hoy sólo llevan las riendas de poder a nivel simbólico. Y por fin, podremos exigir que los que ahora sí ocupan el puesto de mando rindan cuentas por su gestión y que Mariano Rajoy de una vez revele a los ciudadanos su programa de gobierno que de momento lo conoce todo el mundo menos los que le han votado.

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